Caminos torcidos a Cooperstown

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Jorge Morejón

Cuando Josh Beckett fue seleccionado en la primera ronda del draft de 1999, el prometedor lanzador derecho dijo que los Marlins de Florida habían escogido a un futuro miembro del Salón de la Fama de Cooperstown.

El tiempo se encargó de desmentir semejante frase, que fue tomada por muchos como una arrogancia típica de un adolescente de 19 años con muchos deseos de demostrar su innegable potencial en el mejor béisbol del mundo.

Beckett aparecerá en la boleta por primera vez en el 2020 y es muy probable que ni siquiera consiga el cinco por ciento necesario para mantenerse en la lista de candidatos al siguiente año.

Sus 138 victorias y 106 derrotas, con efectividad de 3.88 en 2,051 innings, sumados a dos anillos de Series Mundiales, son buenos números, pero para nada lo suficientemente sólidos para merecer la inmortalidad.

Y es que Cooperstown es uno de los clubes más exclusivos de todo el mundo, con apenas 323 miembros, de los cuales sólo 226 jugaron en Grandes Ligas y los 97 restantes fueron peloteros de las Ligas Negras, managers, árbitros, ejecutivos, periodistas y pioneros del béisbol.

En otras palabras, solamente el 1.17 por ciento de los más de 19 mil peloteros que han pasado por las Mayores hasta ahora tiene su placa en el Salón de la Fama y no bastan algunos buenos años, como los tuvo Beckett. Se necesita mucho más.

Mientras los dominicanos Albert Pujols y Adrián Beltré o el venezolano Miguel Cabrera ya han hecho méritos más que suficientes para recibir el ansiado llamado cuando les llegue el momento, hay otros peloteros que en cierto momento parecían destinados a llegar al Templo de los Inmortales, pero de pronto el camino se les puso cuesta arriba y prácticamente se esfumó esa posibilidad.

Él solito se mató

El dominicano Robinson Canó es uno de los intermedistas más naturales que ha dado este deporte, tanto, que algunos se llevan la sensación equivocada de que no se esfuerza sobre el terreno.

Es que hace las cosas tan fáciles que parece haber nacido sobre una almohadilla de segunda base.

Firmado por los Yankees de Nueva York como agente libre internacional en el 2001, debutó en las Mayores en el 2005 y de inmediato se convirtió en uno de los favoritos de la exigente afición en la Gran Manzana.

Hacía combinación nada menos que con el Capitán Derek Jeter y bateaba como el que más.

Estaba en la cima del mundo, con el equipo más seguido en todo el planeta, ganó la Serie Mundial del 2009, fue a cinco Juegos de Estrellas, se llevó dos Guantes de Oro y cinco Bates de Plata.

Un buen día prefirió seguir el camino del dinero y se fue a Seattle por 240 millones de dólares y allá, lejos de los focos de atención, en un equipo que ha sido de los peores del siglo XXI y no ha ido a la postemporada desde el 2001, siguió dando palos como si nada y sumando números para pavimentar su camino a la inmortalidad.

Cercano a los 2,500 imparables, más de 500 dobletes y 300 jonrones, 1,200 impulsadas y average de por vida de .304 son cifras fuera de lo común para un intermedista.

Pero a principios de esta temporada, un examen antidopaje arrojó la presencia de furosemida, un diurético que algunos deportistas utilizan para enmascarar el uso de otras sustancias prohibidas para mejorar el rendimiento.

Ahí mismo lo que parecía un camino recto de Canó hacia Cooperstown se descarriló por completo, al menos por ahora, enviándolo al final de una fila en la que aparecen, entre otros, Barry Bonds, Roger Clemens, Sammy Sosa, Mark McGwire, Rafael Palmeiro y Manny Ramírez.

El tiempo está a favor del dominicano, a quien todavía le quedan cinco temporadas de juego de su contrato.

A esos súmenles los cinco años reglamentarios que hay que esperar después del retiro para aparecer en las boletas para la votación de la Asociación de Escritores de Béisbol de América (BBWAA).

Toda una década en que muchas cosas pueden cambiar en el criterio de la BBWAA respecto a los consumidores de sustancias prohibidas.

Pero por ahora, su camino se torció porque, como dice una frase popular, él solito se mató.

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